domingo, 27 de noviembre de 2016

ISLA DE NIEBLA


ISLA DE NIEBLA
de Santos Domingez Ramos









Mientras la tarde traza sus ángulos de sombra 
sobre el ajedrezado país de la azotea, 
navega tu tristeza por un frío de ginebra 
con muchachos que gimen sobre el mar del deseo, 
sobre el limón amargo de otra tarde sin cauce.





Por prismas de penumbra y lobos en acecho 
ha ido cayendo el día, otro día de arena, 
sobre la aguada leve de la luz del invierno.




Deja esa luz vestigios y el liquen de las gárgolas 
deja la persistencia de las lluvias antiguas. 
Los límites del sueño son de cristal y llegan 
por el desierto frío de un corazón de nieve 
al vértice de hielo de esta noche callada.




Todo es espacio aquí, toda la historia en ella 
erguida en la memoria mojada del recuerdo. 
Fuente de las tormentas que brota en la espesura 
en el limo, en lo hondo, donde lo más oscuro.




También es lento el mar 
en las tardes de plomo y en su denso oleaje.




Oye detrás del sueño, 
en los mudables dedos de la brisa, 
los hondos manaderos de la noche 
con su rumor de cuevas y su oscura garganta.




Derrotado paisaje que inunda el corazón 
como la forma incierta de una vieja costumbre.



A una isla entre la niebla te llama su veneno.

Aún estamos a tiempo

AÚN ESTAMOS A TIEMPO
de José Cercas Dominguez






a Federico Garcia Lorca y Miguel Hernandez

I


Los violines danzan en las azoteas

con las cortesanas de la luna;

el arpa rompe el llanto de las ciudades 

y la guitarra tiembla bajo el humo abril del tabaco.

Me dice: ¡Aún estamos a tiempo! 

-se oye cantar a los niños en los puertos 

– ¡Aún estamos a tiempo!

-cantan con la voz de la vida en sus mejillas-.


II 


Las épocas suben y bajan 

en los ascensores del viento,

besan los barandales de los desterrados

y ordeñan, con manos tristes,

las ubres de la quimera.

¡Aún estamos a tiempo! 

-cantan los niños tras los ventanales de estaño

-. ¡Aún estamos a tiempo! 


III 


La luz se refleja en la pared

donde los poetas escriben,

con sus lágrimas de tinta,

que el amor tiene las entrañas crepusculares.

En una calle, cubierta de balcones,

a las señoras de las nubes

les crece las noches de lluvia.



Las vocales pasean por los perfiles de las muchachas

y se oye gritar a lo lejos: ¡Aún estamos a tiempo!



IV 


Todas las esquinas, todos los balcones, 

y todos los ojos de las miradas sin nombre, 

desfilan y gritan por las avenidas. 

Las nubes callan en las alturas,

los atardeceres suspiran sin tregua,

pues saben que los niños cantan

¡Aún estamos a tiempo!; ¡aún estamos a tiempo!; ¡aún estamos a tiempo 

ADAM

Adam 

de
                                      Federico García Lorca









Árbol de Sangre riega la mañana 
por donde gime la recién parida. 
Su voz deja cristales en la herida 
y un gráfico de hueso en la ventana.




Mientras la luz que viene fija y gana 
blancas metas de fábula que olvida 
el tumulto de venas en la huida 
hacia el turbio frescor de la manzana,




Adam sueña en la fiebre de la arcilla 
un niño que se acerca galopando 
por el doble latir de su mejilla.




Pero otro Adán oscuro está soñando 
neutra luna de piedra sin semilla 
donde el niño de luz se irá quemando.